El mundo desde Icod

La primera vez que lo hice

In Pastor Díaz on 17/02/2012 at 2:58 pm

Recuerdo como si fuera ayer el día que lo hice por primera vez. Yo acababa de cumplir los 18 años y estaba deseando estrenarme. Hacía meses que no pensaba en otra cosa. Quería dejar de ser un adolescente acneico y convertirme en un verdadero hombre. Había llegado el gran momento.

Me levanté por la mañana con el estómago en un puño, inquieto, nervioso. Al mediodía casi no pude comer, tal era la emoción que me embargaba. Yo sabía lo que me esperaba y no veía el momento de llegar a su encuentro.

Por la tarde me arreglé para la ocasión y hecho un figurín, salí de mi casa a por todas. Ahora, con la perspectiva que da el tiempo transcurrido y la amplia experiencia que he acumulado, sonrío al recordar lo serio que me tomaba la situación, pero tienen ustedes que comprenderme: yo era un pipiolo y aquella era mi primera vez.

Llegué al lugar convenido. Entré tímidamente, asomando la cabeza como un conejo asustado, y allí la vi, al fondo, esperándome. Era maravillosa; imponente. Respiré hondo y me acerqué a ella. Las piernas me temblaban. Estaba hecho un flan. En fin, para ir abreviando, no tardé en meterme en faena. Ella dijo mi nombre y me sonrió. Yo acerqué mi mano a su ranura, y frenético como estaba (e inexperto como era, todo hay que decirlo), no acerté a meterlo. Ella, dándose cuenta de mi zozobra, volvió a sonreírme con aquella sonrisa encantadora que iluminaba toda la estancia. Tomó suavemente mi mano con la suya y casi en una caricia me guió con seguridad. Creo que notó el temblor que me invadía. Yo tragué saliva y, conteniendo el aliento, lo introduje lentamente hasta el fondo. Dios mío, aquel fue un momento glorioso. Nunca había sentido nada parecido; ni siquiera las veces que había ensayado a solas aquel acto sublime en la intimidad de mi dormitorio. Por fin lo había hecho. Por fin había introducido mi voto en la ranura de la urna electoral por primera vez. Ya era un hombre. La presidenta de la mesa volvió a sonreírme y me despedí de ella, educadamente, con un ligero movimiento de cabeza.

El juez estrella que se estrelló

In Pastor Díaz on 10/02/2012 at 3:53 pm

Érase una vez un juez que se creía una estrella de Hollywood y que se pirraba por salir en la prensa y en la televisión más de lo que le gusta a un tonto hurgarse la nariz con un lápiz. Vamos, que tenía un ego inflado como un balón de reglamento. Este hombre vivía en un país de pandereta y como no podía ser de otro modo, dada su personalidad, un día la acabó liando parda.

Al principio era un héroe para sus conciudadanos; un juez incorrupto y luchador que se la tenía jurada a terroristas, mafiosos y otros elementos de similar calaña. Pero las candilejas le deslumbraron tanto que acabó cayendo en las tenebrosas redes de la política de la mano del Partido de la Rosa. Dado que las cosas no le salieron como él quería, cogió un berrinche, abandonó a los rosados más rápido de lo que tardan las ratas en saltar al agua cuando se hunde un barco, y para completar la faena, enchironó a varios de sus antiguos camaradas por terrorismo de Estado y le estampó a su ex jefe una preciosa X en la frente, para que la luciera con orgullo allí por donde moviera el culo.

Todo esto ocurrió con una deslumbrante publicidad de fondo a la que le cogió gusto, y como el yonki que ya no puede prescindir de su dosis diaria de mierda, decidió que quería seguir saliendo en la caja tonta. El caso es que la tomó con un tal Pinocho, que había ejercido de cabrón al frente de su país, en un lugar remoto del hemisferio austral. También quiso tocarles las pelotas a otros cabrones esparcidos por medio mundo, con mayor o menor fortuna (casi siempre con poca fortuna, pues como era comidilla en el mundillo de los picapleitos, sus ansias vivas de notoriedad hacía que sus instrucciones penales estuvieran faltas de la debida preparación, todo por esa manía de sacarlas lo antes posible y que estuvieran listas a tiempo del telediario de las 8 p.m.). Estas actuaciones le valieron bastante popularidad entre los sectores más nostálgicos de la izquierda reaccionaria del país de pandereta, que apoyaban sus andanzas con jolgoriosas manifestaciones a las que asistían los sindicatos verticales de la rosa, la izquierda hundida y unos artistas (¿?) conocidos vulgarmente como los titiriteros de la ceja (y por favor, no me tiren de la lengua para que les explique de dónde salió este cariñoso apelativo).

Pero un día, la suerte del juez se acabó estrellando. Según algunos de sus detractores su torpeza habitual en las instrucciones penales desembocó en la violación pura y dura de la ley. Y así, se vio sentado ante el tribunal más alto de su país, juzgado por sus antiguos colegas de estrado, por tres pecados concretos.

El primer pecado fue la indiscreción, al ser acusado de escuchar las conversaciones privadas entre unos delincuentes y sus abogados, cosa que prohibía la ley del país, y que todos los cachorros de jurista conocen desde primero de carrera. Las majaderas justificaciones del juez para explicar su inexplicable conducta daban vergüenza ajena.

El segundo pecado fue la avaricia, pues según la prensa se dedicó a pasar la bandeja entre un grupo de amigotes banqueros para que le pagaran una larga estancia en Yankilandia. Aunque desconozco cifras concretas, he oído por ahí que la cantidad recaudada superaba el millón de eurazos. No está nada mal, ¿eh? Pero es que además, uno de sus generosos amigotes se llamaba Botín (no me negarán que tiene su gracia que un banquero se llame Botín, que es el nombre que recibe la rapiña de los bandoleros; pero corramos un tupido velo sobre este punto), y curiosamente después de esta dádiva, el juez se «olvidó» de imputar al mencionado banquero por un asuntillo de mucho dinero. El caso es que a algunos esto les sonó a un delito muy feo que se llama cohecho, y se abrieron diligencias contra el juez.

El tercer pecado tiene que ver con lo peor que puede hacer un juez: prevaricar, esto es, dictar resoluciones injustas a sabiendas de que son injustas. ¿Qué pasó aquí? Pues que abrió un procedimiento para juzgar los crímenes de un régimen dictatorial desaparecido treinta y cinco años antes, y para ello pidió el certificado de fallecimiento del elemento F que dirigió ese régimen, como si todo el mundo no supiera que estaba criando malvas en un valle que llaman «de los caídos», y que, como también se estudia en primero de Derecho, a los muertos no se les puede juzgar penalmente. Todo ello sin contar con principios jurídicos tan básicos en una Democracia como la prescripción de los delitos, el juez predeterminado por la ley y el principio de igualdad. El nota se «olvidó» que el elemento mencionado y sus secuaces habían dejado de fumar definitivamente hacía muchos años, que existían leyes de amnistía, que en todo caso el juez competente no era él sino los jueces de los lugares de comisión de los supuestos crímenes y de que según el artículo 14 de la Constitución de ese país, nadie podía ser discriminado por ninguna causa. Y comento esto último, porque el juez nunca explicó satisfactoriamente porque consideraba que había que investigar los crímenes cometidos por el bando del elemento F, pero cuando le pidieron investigar los crímenes del otro bando en un lugar llamado Paracuellos del Jarama dijo que nones, que eso no se podía investigar porque había prescrito o algo así. ¿A qué se debió esta desigualdad de trato? ¿Por qué unos sí y otros no? ¿Ustedes lo saben? Yo tampoco. Será que algunos son más guapos que otros.

En fin, para justificar este último pecado y confundir a la ciudadanía que no entiende mucho de sutilezas legales, el juez alegaba que eran unos crímenes terribles y él debía investigarlos porque si no lo hacía él no lo haría nadie. Lo cual era una manipulación burda. Nadie negaba que esos crímenes existieron, ni que fueron terribles. Pero no se le juzgaba por eso; se le juzgaba simple y llanamente porque no tenía competencia para hacerlo y eso, en el país, se llamaba prevaricación. Claro que cuando algunos se creen investidos de la gracia divina para hacer lo que les sale de los cojones, saltándose la ley a la torera, como el juez de la horca, pasa lo que pasa.

¿Y que he querido decir con todo lo anterior, «animus jocandi et satiricus» mediante? Pues nada, que como dice el refrán: a todos los cochinos les llega su San Martín.

No he pegado ojo en toda la noche

In Pastor Díaz on 29/01/2012 at 5:48 pm

El otro día una persona muy cercana a mí me dijo que padecía un insomnio crónico y mortificante, y que «nunca dormía por las noches». Ante tan tremebunda afirmación, y con ánimo de darle ánimos, valga la redundancia, le comenté que según los últimos y más reputados estudios neurológicos, generalmente los insomnes duermen mucho más de lo que ellos creen. El puñetero cerebro que tenemos encerrado dentro del cráneo gusta de engañarnos habitualmente, haciéndonos creer que pasamos grandes periodos temporales pensando en las musarañas al tiempo que damos vueltas y más vueltas en la cama, cuando en realidad la mayor parte de ese tiempo estamos en los brazos de Morfeo, disfrutando del bendito sueño. Pero no hubo manera de convencerla de esto. A pesar de mis intentos de explicarle que no lo decía yo, sino los señores que más al tanto están de estas cosas, ya saben, los científicos locos que trabajan en los laboratorios del sueño y similares, ella seguía, erre que erre, empeñada en que dormir, lo que se dice dormir, era prácticamente una actividad desconocida en su vida. Me rendí. Cuando alguien está convencido de «su» verdad, no hay médico chino que le pueda persuadir de lo contrario. Y conste que yo también padezco del jodido insomnio, y sé de lo que hablo.

El caso es que hay que ver cuánta gente se queja de lo mismo; de que no puede dormir. Y también, cuánta gente hay por ahí que en realidad duerme más de lo que cree. Que levante la mano el que no ha tenido más de una pareja de cama, y más de dos, que te suelta por la mañana esa frase tan gloriosa de «no he pegado ojo en toda la noche», y entonces tú te quedas mirándola con cara de guasa y piensas: «amorcito, si hubieras escuchado tus hermosos ronquidos…». Porque sí, amigos míos, hay algunas señoras que roncan, y mucho. Ya sé que la leyenda urbana que corre por ahí dice que solo roncamos los hombres, pero cuando una mujer ronca, como dice la canción, «es que ronca de verdad». Y también se babean sobre la almohada, y te dan patadas mientras duermen (sí, durante ese tiempo en el que dicen que no pegan ojo). Aunque en honor a la veracidad tengo que decir que tanto los ronquidos femeninos, como las babas y las pataditas nocturnas de las damas suelen ser encantadoras. Ahora, eso sí, no trate usted de convencerlas de que estaban roncado a moco tendido. Jamás lo reconocerán y jurarán hasta el día glorioso del Juicio Final que no durmieron nada en absoluto, y encima nos echarán la culpa a nosotros de que si no han dormido es por nuestros famosos ronquidos o cualquier otra excusa por el estilo. En mi caso, tentado he estado más de una vez de grabarlas mientras duermen, pero uno, que a pesar de todo es un caballero, finalmente ha optado por el diplomático gesto de cerrar el pico y darles la razón. Como a los locos.

En este punto, me viene a la memoria una anécdota que contaba Dale Carnegie en uno de sus libros. Al parecer Herbert Spencer, uno de los grandes pensadores del siglo XIX, solía aburrir a todo el mundo hablando de su insomnio. Continuamente se lamentaba de que nunca podía dormir. Cierta noche, él y el profesor Sayce, de la Universidad de Oxford, tuvieron que compartir la misma habitación de un hotel (en camas separadas, no vayan a pensar que había «lío» entre ellos). A la mañana siguiente, como si de un mantra se tratara, Spencer le comentó a su compañero de habitación el consabido «no he dormido en toda la noche». Pero, en realidad, fue el pobre profesor Sayce el que no había podido pegar ojo; los ronquidos de Spencer le habían mantenido despierto toda la noche. Como dice el dicho, «así se escribe la Historia».

Y es que, a veces, pensar en el insomnio no nos deja dormir. ¿Me explico?

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