Érase una vez un juez que se creía una estrella de Hollywood y que se pirraba por salir en la prensa y en la televisión más de lo que le gusta a un tonto hurgarse la nariz con un lápiz. Vamos, que tenía un ego inflado como un balón de reglamento. Este hombre vivía en un país de pandereta y como no podía ser de otro modo, dada su personalidad, un día la acabó liando parda.
Al principio era un héroe para sus conciudadanos; un juez incorrupto y luchador que se la tenía jurada a terroristas, mafiosos y otros elementos de similar calaña. Pero las candilejas le deslumbraron tanto que acabó cayendo en las tenebrosas redes de la política de la mano del Partido de la Rosa. Dado que las cosas no le salieron como él quería, cogió un berrinche, abandonó a los rosados más rápido de lo que tardan las ratas en saltar al agua cuando se hunde un barco, y para completar la faena, enchironó a varios de sus antiguos camaradas por terrorismo de Estado y le estampó a su ex jefe una preciosa X en la frente, para que la luciera con orgullo allí por donde moviera el culo.
Todo esto ocurrió con una deslumbrante publicidad de fondo a la que le cogió gusto, y como el yonki que ya no puede prescindir de su dosis diaria de mierda, decidió que quería seguir saliendo en la caja tonta. El caso es que la tomó con un tal Pinocho, que había ejercido de cabrón al frente de su país, en un lugar remoto del hemisferio austral. También quiso tocarles las pelotas a otros cabrones esparcidos por medio mundo, con mayor o menor fortuna (casi siempre con poca fortuna, pues como era comidilla en el mundillo de los picapleitos, sus ansias vivas de notoriedad hacía que sus instrucciones penales estuvieran faltas de la debida preparación, todo por esa manía de sacarlas lo antes posible y que estuvieran listas a tiempo del telediario de las 8 p.m.). Estas actuaciones le valieron bastante popularidad entre los sectores más nostálgicos de la izquierda reaccionaria del país de pandereta, que apoyaban sus andanzas con jolgoriosas manifestaciones a las que asistían los sindicatos verticales de la rosa, la izquierda hundida y unos artistas (¿?) conocidos vulgarmente como los titiriteros de la ceja (y por favor, no me tiren de la lengua para que les explique de dónde salió este cariñoso apelativo).
Pero un día, la suerte del juez se acabó estrellando. Según algunos de sus detractores su torpeza habitual en las instrucciones penales desembocó en la violación pura y dura de la ley. Y así, se vio sentado ante el tribunal más alto de su país, juzgado por sus antiguos colegas de estrado, por tres pecados concretos.
El primer pecado fue la indiscreción, al ser acusado de escuchar las conversaciones privadas entre unos delincuentes y sus abogados, cosa que prohibía la ley del país, y que todos los cachorros de jurista conocen desde primero de carrera. Las majaderas justificaciones del juez para explicar su inexplicable conducta daban vergüenza ajena.
El segundo pecado fue la avaricia, pues según la prensa se dedicó a pasar la bandeja entre un grupo de amigotes banqueros para que le pagaran una larga estancia en Yankilandia. Aunque desconozco cifras concretas, he oído por ahí que la cantidad recaudada superaba el millón de eurazos. No está nada mal, ¿eh? Pero es que además, uno de sus generosos amigotes se llamaba Botín (no me negarán que tiene su gracia que un banquero se llame Botín, que es el nombre que recibe la rapiña de los bandoleros; pero corramos un tupido velo sobre este punto), y curiosamente después de esta dádiva, el juez se «olvidó» de imputar al mencionado banquero por un asuntillo de mucho dinero. El caso es que a algunos esto les sonó a un delito muy feo que se llama cohecho, y se abrieron diligencias contra el juez.
El tercer pecado tiene que ver con lo peor que puede hacer un juez: prevaricar, esto es, dictar resoluciones injustas a sabiendas de que son injustas. ¿Qué pasó aquí? Pues que abrió un procedimiento para juzgar los crímenes de un régimen dictatorial desaparecido treinta y cinco años antes, y para ello pidió el certificado de fallecimiento del elemento F que dirigió ese régimen, como si todo el mundo no supiera que estaba criando malvas en un valle que llaman «de los caídos», y que, como también se estudia en primero de Derecho, a los muertos no se les puede juzgar penalmente. Todo ello sin contar con principios jurídicos tan básicos en una Democracia como la prescripción de los delitos, el juez predeterminado por la ley y el principio de igualdad. El nota se «olvidó» que el elemento mencionado y sus secuaces habían dejado de fumar definitivamente hacía muchos años, que existían leyes de amnistía, que en todo caso el juez competente no era él sino los jueces de los lugares de comisión de los supuestos crímenes y de que según el artículo 14 de la Constitución de ese país, nadie podía ser discriminado por ninguna causa. Y comento esto último, porque el juez nunca explicó satisfactoriamente porque consideraba que había que investigar los crímenes cometidos por el bando del elemento F, pero cuando le pidieron investigar los crímenes del otro bando en un lugar llamado Paracuellos del Jarama dijo que nones, que eso no se podía investigar porque había prescrito o algo así. ¿A qué se debió esta desigualdad de trato? ¿Por qué unos sí y otros no? ¿Ustedes lo saben? Yo tampoco. Será que algunos son más guapos que otros.
En fin, para justificar este último pecado y confundir a la ciudadanía que no entiende mucho de sutilezas legales, el juez alegaba que eran unos crímenes terribles y él debía investigarlos porque si no lo hacía él no lo haría nadie. Lo cual era una manipulación burda. Nadie negaba que esos crímenes existieron, ni que fueron terribles. Pero no se le juzgaba por eso; se le juzgaba simple y llanamente porque no tenía competencia para hacerlo y eso, en el país, se llamaba prevaricación. Claro que cuando algunos se creen investidos de la gracia divina para hacer lo que les sale de los cojones, saltándose la ley a la torera, como el juez de la horca, pasa lo que pasa.
¿Y que he querido decir con todo lo anterior, «animus jocandi et satiricus» mediante? Pues nada, que como dice el refrán: a todos los cochinos les llega su San Martín.