El mundo desde Icod

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Las viejas Luises y otras historias de Ycode

In Pastor Díaz on 24/03/2012 at 11:12 pm

Si ustedes son aficionados a la buena literatura, sin duda habrán oído hablar del realismo mágico hispanoamericano y sus universos fantásticos; del Macondo, de García Márquez, o la Comala, de Juan Rulfo. Bien. Si no han leído a estos autores, no sé a qué están esperando; desconecten ya la dichosa Internet, busquen sus libros y léanlos, rediez. Pero sí ya los han leído, quizá les interese saber que en el Norte profundo de la isla de Tenerife, conocida antaño como Isla del Infierno, a los pies de un majestuoso volcán semidormido, se esconde una de esas regiones míticas. Su nombre es Ycode y yo vivo allí.

En efecto, amigos míos, Ycode es un lugar de quimera, salido de la imaginación de mi anciana y ya fallecida abuela. Hace muchos años, cuando yo aún era un infante crédulo de poblada cabellera azabache, la buena señora me relataba en noches frías y tenebrosas algunas historias que poblaron para siempre los rincones de mi imaginario particular.

Recuerdo sus consejas sobre la erupción del volcán Chinyero, allá por el año del Señor de 1909. En los días previos al estampido, se sintieron muchos temblores, y según publicaban las gacetas de la época, algunos pusilánimes dormían con la ropa puesta para el caso de que la prevista erupción aconteciera en mitad de la noche. Pretendían que si esto sucedía, pudieran huir con los calzones puestos, que no hay nada más indigno que abandonar precipitadamente el hogar en trance nocturno y con el culo al aire.

El caso es que cuando el volcán dijo «hasta aquí hemos llegado» y lanzó su flamígera ventosidad, las gentes de Ycode huyeron despavoridas del pueblo, abandonando sus pertenencias y buscando refugio en una zona conocida como La Costa. Pero no todo el mundo actuó así. Había tres hermanas, ya mayores, en la zona de El Mayorazgo, conocidas como las viejas Luises, que decidieron quedarse en el lugar. «Aquí hemos nacido y aquí moriremos, si Dios lo quiere», dijeron a quienes trataron de convencerlas de que abandonaran su terruño. Cuando pasó el peligro, los vecinos regresaron a sus lares y allí encontraron a las tres viejas Luises, haciendo su vida de siempre, como si no hubiera pasado nada. Y es que efectivamente, no pasó nada.

Tampoco le faltó tiempo a mi abuelita para contarme algún chisme picante del lugar. Así, me habló de don Tomás de la Vega, alias «Terremoto», que ejerció de cacique local de Ycode a finales del siglo XIX y principios del XX. Era secretario del Ayuntamiento, miembro destacado del partido leonino que mangoneaba en las islas por aquella época, y al parecer, sin su gesto mayestático, en Ycode no se movía una pajita. Como elemento típico e imprescindible de la figura de todo cacique que se precie, me contaba mi yaya que tenía una querida que era más puta que las gallinas. Según cuentan, una conjunción de políticos locales, hartos de no poder entremeterse a su gusto, lograron desencastillarlo hacia 1909. Como suele suceder en estas situaciones, las cosas no mejoraron para la plebe. Sospecho que fue un simple «quítate-tú-pa´-ponerme-yo».

En fin, buena era mi abuela contando historias. Y verídicas, ¿eh? Los viajeros que se aventuren por el oscuro Norte tinerfeño hasta Ycode, podrán contemplar con sus propios ojos un paraíso vegetal que aún permanece virgen: La Furnia. Es un bosque que se levanta en la ladera del Lomo de la Vega y constituye uno de los pocos ejemplos de laurisilva (la vegetación propia del Terciario) que se conserva en Tenerife. Por influjo de mi añorada antepasada, hubo un tiempo lejano en que estuve convencido de la existencia de un caserío fantasma en el interior de La Furnia. Alguna vez, a caballo entre la vigilia y la incipiente duermevela, escuché la música de sus fiestas patronales. Lo imaginaba como un barrio chiquito, con una pila central en una plazuela y pocas casas a su alrededor, escondido entre el follaje, como un Sangri-La local. Nadie me ha dado nunca razón de este lugar inexistente, pero yo sé que es real.

Podría seguir contándoles más historias, pero por desgracia este artículo empieza a ser excesivamente largo y sería imperdonable que les aburriera. Sin embargo, no quiero terminar sin referirles un cuento jocoso que me regaló mi abuela, y que me encantaba escuchar una y otra vez. Se trata de la fabulación de cho Antonio Alián, un descreído arriero que no creía en las brujas. Mientras sus vecinos, con buen juicio, evitaban encontrarse con estas turbadoras señoras, cho Antonio Alián no dejaba de burlarse de ellas siempre que tenía ocasión, afirmando, muy sobrado él, que no tenía miedo de las novias de la oscuridad. Pero una noche que se acercó a la fuente del Bebedero, situada junto a un barranco, las brujas decidieron darle un buen escarmiento. Cuando el arriero abrevaba en el lugar a sus mulas, se le aparecieron de repente, lo tomaron en volandas y lo lanzaron al otro lado del barranco, donde un segundo grupo de brujas lo recogió para volver a lanzarlo a la orilla opuesta. Cada vez que lo lanzaban de un lado a otro del barranco, las brujas cantaban: «Cho Antonio Alián no tiene miedo, / tómalo allá, que yo no lo quiero». Y así estuvieron toda la noche. Cuando por fin lo dejaron en el suelo, completamente magullado, salió de allí cagando leches; al pobre desgraciado no le llegaban las patas al pandero en su loca huida de aquel lugar. Según me decía mi abuela, cho Antonio Alián no volvió a decir ni pío de estas señoras.

¡Qué tiempos aquellos! Desde que apareció la condenada luz eléctrica no se han vuelto a ver brujas en Ycode. ¿Por qué será?

El cementerio «fashion»

In Pastor Díaz on 16/03/2012 at 3:10 pm

Hace unos días vi en la caja tonta una noticia rebuznante. Al parecer, en un lugar situado en el solar patrio, de cuyo nombre no tengo memoria, a los ediles municipales no se les ha ocurrido mejor idea que gastarse los cuartos del erario público en pintar de colorines los nichos del cementerio local. En plena época de crisis. Con dos cojones. ¿Las razones? No me quedaron muy claras, pero supongo que las lumbreras que parieron la idea creerán que le va a dar un aspecto más «fashion» al camposanto.

En un primer momento me sulfuré con el injustificable gasto que supone la obra. Habiendo tanta necesidad entre los vivos, ¿cómo hacen tal dispendio con los muertos? Sin embargo, pronto recapacité. Verán. Algunos ateos y similares pensarán que los muertos ni sienten ni padecen, así que con tirar sus huesos a la fosa o al nicho cumplimos de sobra con ellos y van que chuta. Y supongo que ese es el triste y merecido destino que a tales sujetos les espera. No lo pongo en duda. Así pues, que disfruten con salud de la Nada más absoluta y terrible. Pero para los creyentes en la vida de ultratumba es distinto. Si lo piensan bien, el camposanto es el lugar donde pasarán los mejores años de su «muerte», esto es, la Eternidad larga como el hambre de un pobre y ancha como las generosas caderas de Cristina Almeida.

Y entonces uno empieza a comprender el porqué de la reforma «fashion». No es lo mismo un triste y gris cementerio que un colorista y alegre lugar de descanso eterno. Y si no, visiten algunos de los hermosos cementerios de Europa Central, que son auténticos parques botánicos, maravillosos, o las amplias y despejadas necrópolis norteamericanas, más propias para irse de picnic los domingos por la tarde que para recibir los despojos de la muerte.

Así que después de meditar sobre lo anterior, reniego de mi primer impulso y ahora lo tengo claro. Cuando el cura me dé el «Requiescat in pace» (léase «Descanse en paz»), quiero que mis restos reposen en un camposanto «fashion». Pero no quiero que la cosa se quede en un simple nicho pintado de azul, o de rojo, o del color que me toque en suerte, como en la noticia que vi en la caja tonta. No, señor. Además de elegir yo el color (anaranjado), quiero otras gabelas. A saber, que mi nicho esté orientado de tal manera que me dé el sol la mayor parte del día, y sobre todo al amanecer. Que esos lugares son muy húmedos y sería muy chungo transitar por la Eternidad pasando frío y sufriendo un jodido reuma óseo durante tan largo periodo de tiempo.

También quiero evitar que cerca de mí aposenten los restos de gente que no me es afín. Imaginen ustedes que les toca la desdicha de pasar la perpetua, nicho con nicho, con la vecina chismosa del quinto derecha, o con un banquero del Opus, o con una cuñada postinera, o peor aún, con Santiago “Torrente” Segura y sus pajillas. Menuda bromita de mal gusto. Si no les aguantaba en vida, imaginen la tortura que sería tener que soportarles las innumerables noches de difuntos, de ánimas, de brujas, etcétera, por los siglos de los siglos. Vamos, que empezaría a envidiar el patético destino de los ateos, tan tranquilos en su Nada absoluta. Así que yo pediría que a mi lado enterraran, no sé, a la vecinita del tercero izquierda, que siempre echa unas miraditas insinuantes y perversas, o quizá algún amigote divertido, con el que me pueda echar unas risas «sin fin».

Y finalmente, en mi descanso final quiero que toquen la banda sonora por antonomasia que no debe faltar en todo funeral divertido, el inmortal «Rascayú», del maestro Bonet de San Pedro, insigne músico que compuso aquella fantástica letra que dice: «Rascayú, cuando mueras, ¿qué harás tú? / Rascayú, cuando mueras, ¿qué harás tú? / Tú serás un cadáver, nada más. / Rascayú, cuando mueras, ¿qué harás tú?». Y yo responderé, jolgorioso: «¿Qué qué voy a hacer? Pasármelo pipa en el Más Allá, tumbado en un cómodo féretro, en un cementerio «fashion». Y que le vayan dando a los problemas del Más Acá».

Lenguaje sexista

In Pastor Díaz on 09/03/2012 at 6:24 pm

Hacía tiempo que deseaba tratar este controvertido tema. Porque convendrán conmigo en que el lenguaje es tremendamente sexista y discriminatorio. Es más, yo lo catalogaría, sin ambages, de hembrista y prejuicioso contra los hombres. Algo inadmisible e injusto, contra lo que hay que luchar. Ya sé que muchos (y muchas) me van a poner de vuelta y media por verter los comentarios siguientes, pero qué le vamos a hacer; es el precio que hay que pagar por pensar libremente lo que nos da la gana y a continuación ponerlo por escrito. Nadie queda obligado a leerlo. Así que vamos allá.

Sin ir más lejos, donde primero se manifiesta esta terrible discriminación antimasculina es en la forma de denominar las actividades laborales y profesiones, que mayoritariamente utilizan una nomenclatura femenina: la abogacía, la medicina, la arquitectura, la carpintería, la fontanería, la albañilería, la hostelería, la agricultura, la minería, la pesca, la industria, la política, la religión, la función pública, y así ad infinitum. Esto es simplemente inaceptable. Los hombres no tenemos porqué soportar que se nos humille de esta manera y pido… no, ¡exijo! que se designen dichas actividades de una forma que no dé preeminencia al género femenino. Hasta ahí podíamos llegar.

Pero no acaba ahí la preferencia generalizada y apabullante de lo femenino sobre lo masculino. Cuando se trata de describir a hombres y mujeres utilizando seres de la naturaleza, las señoras se reservan la mejor parte y a los hombres nos dejan los términos más indignos y humillantes. Así, una mujer es hermosa como una ninfa, encantadora como una sirena, tierna como una rosa (siempre que no tenga espinas, claro; aunque nótese que las espinas también son femeninas), valiente como una leona, seductora como la luna, trabajadora como una abeja o una hormiguita, pacífica como las palomas, maternal como la loba que acogió en su seno a Rómulo y Remo, los fundadores de la ciudad eterna, la inmortal, la santa Roma (esta última, como se ve, también se describe en términos femeninos exclusivamente. ¡Inaudito!). Los hombres, en cambio, somos catalogados de forma despectiva cuando se utilizan términos comparativos zoológicos o botánicos. Lean, si no, algunos ejemplos espeluznantes: los hombres son sucios como cerdos (las canarias dirían “jediondos” como cochinos), tienen cerebro de mosquito, van por ahí plantando pinos, son ruines como perros sarnosos, repugnantes como gusanos, roncan como leños, farfullan como loros, son tontos de capirote como los burros, crueles y violentos como halcones, sanguinarios como el lobo feroz de los cuentos infantiles, peligrosos como escorpiones y taimados como los zorros. Dios mío, siento escalofríos ante semejante inventario. ¿Ustedes no?

El campo lingüístico de las expresiones y refranes de uso popular también es descaradamente hembrista. Los hombres somos mencionados indefectiblemente en situaciones harto lamentables: “el hombre es un lobo para el hombre”, “El hombre como el oso, cuanto más feo, más hermoso” (lo cual, por otra parte, es una contradicción mema que no se le pudo ocurrir a ningún varón), “hombre porfiado, necio consumado”, “el hombre desciende del mono”, “todos los hombres son iguales” (¿iguales a qué, por cierto?), “los hombres solo piensan en lo mismo” (¿qué es eso en lo que pensamos todos los caballeros? Yo no lo sé…). Etcétera, etcétera.

¿Y qué me dicen de la Literatura? ¿Se han fijado ustedes que las mujeres siempre son las inspiradoras de las grandes obras? Nunca los hombres, siempre las mujeres, dando a entender que sin ellas no existiría el Arte. Las nueve musas eran mujeres, por supuesto. La inspiración de Dante fue Beatriz. La de Petrarca fue Laura. La de Don Quijote fue Dulcinea (o Aldonza Lorenzo, como ustedes prefieran). La de Juan Ramón fue Zenobia Camprubí. La de Dalí fue Gala. La de Lewis Carroll fue Alicia. La de Nabokov fue Lolita. La de Gustavo fue la cerdita Peggy… Los hombres, siempre generosos y desprendidos, hemos compartido en todo momento la gloria de la creación artística con las mujeres que nos han inspirado. ¿Y cuántos hombres han inspirado a las mujeres? Yo se lo voy a decir: nin-gu-no. Las mujeres, en su egoísmo sexual, no han reconocido jamás que un hombre les haya inspirado nada bueno. Ni por casualidad. Ellas son así, amigos míos.

En fin, ¿están o no están de acuerdo conmigo en que el lenguaje es sexista y claramente discriminador contra los hombres? Deberíamos hacer algo; no sé, crear un Frente de Liberación Masculino, o quizá reclamar al nuevo gobierno del Sr. Rajoy, hombre al fin y al cabo, que puede comprender nuestro pesar (y no amargura, que es término femenil), que reinstaure en todo su esplendor el defenestrado Ministerio de Igualdad, y que se haga efectivo el artículo 14 de la Constitución Española que dice que todos los españoles somos iguales y no debemos sufrir ningún tipo de discriminación. Y más discriminados que los hombres en el lenguaje hembrista de este país no hay nadie. ¿O sí?

La espía que me amó

In Pastor Díaz on 25/02/2012 at 5:29 pm

Hoy tengo ganas de vacilón, así que les voy a contar una de esas historias que se sueltan a los amigotes en noches perdularias, bien cargados de aguardiente, con mucho tabaco rancio, naipes marcados y otros acompañamientos inconfesables.

Hace años estuve saliendo con una agente de campo de los servicios de inteligencia del Estado, lo que en el argot de la casa conocían como una «conejita» del CESID (actualmente transmutado en el CNI). La chica era una preciosidad y siempre me pregunté qué carajo hacía ella con un tipo como yo. Sospecho que nada bueno, pero nunca quise indagar demasiado en el asunto; temía que si le preguntaba en detalle sobre el tema podría soltarme aquello de «si te lo contara, tendría que matarte», y yo aprecio sobremanera mi vida.

El caso es que entre polvo y polvo, mi matajari particular se partía de la risa contándome anécdotas de sus compañeros, misiones varias y hasta proyectos secretos de esos que tanto gustan a los lectores de las novelas de espías de Le Carré. Vaya, que tengo que reconocer que la niña era un poco indiscreta; pero divertida como pocas mujeres que haya conocido.

Recuerdo una noche de pasión que remató contándome un proyecto secreto de la policía israelí para combatir a los terroristas palestinos. Estos tíos, los terroristas palestinos, tuvieron una época que se meaban de gusto cargando explosivos que hacían detonar en medio de la población civil, es decir, se suicidaban y al mismo tiempo «suicidaban» a todo aquel que tenía la mala fortuna de estar cerca de ellos, ya fueran hombres, mujeres o niños. Las autoridades judías no sabían cómo detener las matanzas. Como eran devotos musulmanes, los terroristas suicidas estaban convencidos de que estaban haciendo algo «santo» y que el profeta Mahoma les iban a premiar tan encomiable actividad con una entrada triunfal en el Paraíso, donde disfrutarían por los siglos de los siglos de alrededor de setenta (sí, sí, han leído bien, setenta) bellas huríes vírgenes para cumplir todos y cada uno de sus más íntimos y procelosos deseos. Y añado, para quien tenga curiosidad, que según algunos doctos estudiosos del Islam, la virginidad de las setenta chorbas se restablecía milagrosamente cada vez que era perdida en la forma que usualmente se pierde dicha virginidad. Ahí queda eso. Como ustedes comprenderán, muchos «valerosos» guerreros palestinos estaban deseando hacerse reventar sus cataplines (que también milagrosamente les serían restablecidos en el momento oportuno) aunque para ello tuvieran que llevarse por delante a cualquier asqueroso civil israelí, tuviera la edad o condición que tuviera. Sin duda, las autoridades judías tenían un problemón entre manos.

Puestos en esta crítica tesitura, la preclara mente de algún creativo dio con la solución a los terribles atentados suicidas: los cochinos. Conocen ustedes que los cerdos tienen un olfato exquisito, que hace que en algunos lugares de la geografía española los utilicen para descubrir el sabroso fruto de la trufa que se esconde en las profundidades de la tierra. Pues bien, los cerdos podían ser entrenados para localizar olfativamente cualquier tipo de explosivo. ¿Y los perros?, preguntarán ustedes. ¿Por qué no usar perros como todo el mundo? Ahí está el detalle, que diría Cantinflas. Los musulmanes tienen prohibido el contacto con la sabrosa carne de cochino y el uso de estos bonitos animales por parte de los cuerpos y fuerzas de seguridad del Estado de Israel podía servir de disuación frente a posibles ataques terroristas. ¿Cómo?, se volverán a preguntar ustedes de nuevo. Muy sencillo; imaginen la situación. Uno de estos degenerados asesinos en masa se dispone a hacer estallar sus bombas en medio de una plaza pública, o a la salida de una escuela, o en la estación de un metro, como ustedes quieran. Cuando está a punto de saltar felizmente por los aires (y digo «felizmente» porque con toda seguridad estará pensando en las setenta nenas que le esperan con los brazos, y otras extremidades, abiertos), surge de dónde menos se lo espera una piara de cochinos enloquecidos que se abalanzan sobre él, causándole el enorme perjuicio de morir tocando la impura carne de cerdo, con la consiguiente derivada de que no podrá entrar en el Paraíso, ni disfrutar de las vírgenes, ni nada de nada. Vamos, que se va directamente a hacer puñetas al infierno. Menuda putada, amigos. ¿Entienden ahora dónde está la gracia de este proyecto de seguridad? ¿Cuántos de estos «valientes luchadores por la libertad» se arriesgarían a morir sabiendo que no catarán la apetecible carne femenina de las huríes y que pasarán los mejores años de la Eternidad pudriéndose en el infierno de los réprobos? No me digan que la idea no es cojonuda. Aun resuenan en mis oídos las carcajadas de mi matajari mientras me contaba la historia, entre hipos y lágrimas de descojono. ¡Qué tiempos…!

La primera vez que lo hice

In Pastor Díaz on 17/02/2012 at 2:58 pm

Recuerdo como si fuera ayer el día que lo hice por primera vez. Yo acababa de cumplir los 18 años y estaba deseando estrenarme. Hacía meses que no pensaba en otra cosa. Quería dejar de ser un adolescente acneico y convertirme en un verdadero hombre. Había llegado el gran momento.

Me levanté por la mañana con el estómago en un puño, inquieto, nervioso. Al mediodía casi no pude comer, tal era la emoción que me embargaba. Yo sabía lo que me esperaba y no veía el momento de llegar a su encuentro.

Por la tarde me arreglé para la ocasión y hecho un figurín, salí de mi casa a por todas. Ahora, con la perspectiva que da el tiempo transcurrido y la amplia experiencia que he acumulado, sonrío al recordar lo serio que me tomaba la situación, pero tienen ustedes que comprenderme: yo era un pipiolo y aquella era mi primera vez.

Llegué al lugar convenido. Entré tímidamente, asomando la cabeza como un conejo asustado, y allí la vi, al fondo, esperándome. Era maravillosa; imponente. Respiré hondo y me acerqué a ella. Las piernas me temblaban. Estaba hecho un flan. En fin, para ir abreviando, no tardé en meterme en faena. Ella dijo mi nombre y me sonrió. Yo acerqué mi mano a su ranura, y frenético como estaba (e inexperto como era, todo hay que decirlo), no acerté a meterlo. Ella, dándose cuenta de mi zozobra, volvió a sonreírme con aquella sonrisa encantadora que iluminaba toda la estancia. Tomó suavemente mi mano con la suya y casi en una caricia me guió con seguridad. Creo que notó el temblor que me invadía. Yo tragué saliva y, conteniendo el aliento, lo introduje lentamente hasta el fondo. Dios mío, aquel fue un momento glorioso. Nunca había sentido nada parecido; ni siquiera las veces que había ensayado a solas aquel acto sublime en la intimidad de mi dormitorio. Por fin lo había hecho. Por fin había introducido mi voto en la ranura de la urna electoral por primera vez. Ya era un hombre. La presidenta de la mesa volvió a sonreírme y me despedí de ella, educadamente, con un ligero movimiento de cabeza.

El juez estrella que se estrelló

In Pastor Díaz on 10/02/2012 at 3:53 pm

Érase una vez un juez que se creía una estrella de Hollywood y que se pirraba por salir en la prensa y en la televisión más de lo que le gusta a un tonto hurgarse la nariz con un lápiz. Vamos, que tenía un ego inflado como un balón de reglamento. Este hombre vivía en un país de pandereta y como no podía ser de otro modo, dada su personalidad, un día la acabó liando parda.

Al principio era un héroe para sus conciudadanos; un juez incorrupto y luchador que se la tenía jurada a terroristas, mafiosos y otros elementos de similar calaña. Pero las candilejas le deslumbraron tanto que acabó cayendo en las tenebrosas redes de la política de la mano del Partido de la Rosa. Dado que las cosas no le salieron como él quería, cogió un berrinche, abandonó a los rosados más rápido de lo que tardan las ratas en saltar al agua cuando se hunde un barco, y para completar la faena, enchironó a varios de sus antiguos camaradas por terrorismo de Estado y le estampó a su ex jefe una preciosa X en la frente, para que la luciera con orgullo allí por donde moviera el culo.

Todo esto ocurrió con una deslumbrante publicidad de fondo a la que le cogió gusto, y como el yonki que ya no puede prescindir de su dosis diaria de mierda, decidió que quería seguir saliendo en la caja tonta. El caso es que la tomó con un tal Pinocho, que había ejercido de cabrón al frente de su país, en un lugar remoto del hemisferio austral. También quiso tocarles las pelotas a otros cabrones esparcidos por medio mundo, con mayor o menor fortuna (casi siempre con poca fortuna, pues como era comidilla en el mundillo de los picapleitos, sus ansias vivas de notoriedad hacía que sus instrucciones penales estuvieran faltas de la debida preparación, todo por esa manía de sacarlas lo antes posible y que estuvieran listas a tiempo del telediario de las 8 p.m.). Estas actuaciones le valieron bastante popularidad entre los sectores más nostálgicos de la izquierda reaccionaria del país de pandereta, que apoyaban sus andanzas con jolgoriosas manifestaciones a las que asistían los sindicatos verticales de la rosa, la izquierda hundida y unos artistas (¿?) conocidos vulgarmente como los titiriteros de la ceja (y por favor, no me tiren de la lengua para que les explique de dónde salió este cariñoso apelativo).

Pero un día, la suerte del juez se acabó estrellando. Según algunos de sus detractores su torpeza habitual en las instrucciones penales desembocó en la violación pura y dura de la ley. Y así, se vio sentado ante el tribunal más alto de su país, juzgado por sus antiguos colegas de estrado, por tres pecados concretos.

El primer pecado fue la indiscreción, al ser acusado de escuchar las conversaciones privadas entre unos delincuentes y sus abogados, cosa que prohibía la ley del país, y que todos los cachorros de jurista conocen desde primero de carrera. Las majaderas justificaciones del juez para explicar su inexplicable conducta daban vergüenza ajena.

El segundo pecado fue la avaricia, pues según la prensa se dedicó a pasar la bandeja entre un grupo de amigotes banqueros para que le pagaran una larga estancia en Yankilandia. Aunque desconozco cifras concretas, he oído por ahí que la cantidad recaudada superaba el millón de eurazos. No está nada mal, ¿eh? Pero es que además, uno de sus generosos amigotes se llamaba Botín (no me negarán que tiene su gracia que un banquero se llame Botín, que es el nombre que recibe la rapiña de los bandoleros; pero corramos un tupido velo sobre este punto), y curiosamente después de esta dádiva, el juez se «olvidó» de imputar al mencionado banquero por un asuntillo de mucho dinero. El caso es que a algunos esto les sonó a un delito muy feo que se llama cohecho, y se abrieron diligencias contra el juez.

El tercer pecado tiene que ver con lo peor que puede hacer un juez: prevaricar, esto es, dictar resoluciones injustas a sabiendas de que son injustas. ¿Qué pasó aquí? Pues que abrió un procedimiento para juzgar los crímenes de un régimen dictatorial desaparecido treinta y cinco años antes, y para ello pidió el certificado de fallecimiento del elemento F que dirigió ese régimen, como si todo el mundo no supiera que estaba criando malvas en un valle que llaman «de los caídos», y que, como también se estudia en primero de Derecho, a los muertos no se les puede juzgar penalmente. Todo ello sin contar con principios jurídicos tan básicos en una Democracia como la prescripción de los delitos, el juez predeterminado por la ley y el principio de igualdad. El nota se «olvidó» que el elemento mencionado y sus secuaces habían dejado de fumar definitivamente hacía muchos años, que existían leyes de amnistía, que en todo caso el juez competente no era él sino los jueces de los lugares de comisión de los supuestos crímenes y de que según el artículo 14 de la Constitución de ese país, nadie podía ser discriminado por ninguna causa. Y comento esto último, porque el juez nunca explicó satisfactoriamente porque consideraba que había que investigar los crímenes cometidos por el bando del elemento F, pero cuando le pidieron investigar los crímenes del otro bando en un lugar llamado Paracuellos del Jarama dijo que nones, que eso no se podía investigar porque había prescrito o algo así. ¿A qué se debió esta desigualdad de trato? ¿Por qué unos sí y otros no? ¿Ustedes lo saben? Yo tampoco. Será que algunos son más guapos que otros.

En fin, para justificar este último pecado y confundir a la ciudadanía que no entiende mucho de sutilezas legales, el juez alegaba que eran unos crímenes terribles y él debía investigarlos porque si no lo hacía él no lo haría nadie. Lo cual era una manipulación burda. Nadie negaba que esos crímenes existieron, ni que fueron terribles. Pero no se le juzgaba por eso; se le juzgaba simple y llanamente porque no tenía competencia para hacerlo y eso, en el país, se llamaba prevaricación. Claro que cuando algunos se creen investidos de la gracia divina para hacer lo que les sale de los cojones, saltándose la ley a la torera, como el juez de la horca, pasa lo que pasa.

¿Y que he querido decir con todo lo anterior, «animus jocandi et satiricus» mediante? Pues nada, que como dice el refrán: a todos los cochinos les llega su San Martín.

No he pegado ojo en toda la noche

In Pastor Díaz on 29/01/2012 at 5:48 pm

El otro día una persona muy cercana a mí me dijo que padecía un insomnio crónico y mortificante, y que «nunca dormía por las noches». Ante tan tremebunda afirmación, y con ánimo de darle ánimos, valga la redundancia, le comenté que según los últimos y más reputados estudios neurológicos, generalmente los insomnes duermen mucho más de lo que ellos creen. El puñetero cerebro que tenemos encerrado dentro del cráneo gusta de engañarnos habitualmente, haciéndonos creer que pasamos grandes periodos temporales pensando en las musarañas al tiempo que damos vueltas y más vueltas en la cama, cuando en realidad la mayor parte de ese tiempo estamos en los brazos de Morfeo, disfrutando del bendito sueño. Pero no hubo manera de convencerla de esto. A pesar de mis intentos de explicarle que no lo decía yo, sino los señores que más al tanto están de estas cosas, ya saben, los científicos locos que trabajan en los laboratorios del sueño y similares, ella seguía, erre que erre, empeñada en que dormir, lo que se dice dormir, era prácticamente una actividad desconocida en su vida. Me rendí. Cuando alguien está convencido de «su» verdad, no hay médico chino que le pueda persuadir de lo contrario. Y conste que yo también padezco del jodido insomnio, y sé de lo que hablo.

El caso es que hay que ver cuánta gente se queja de lo mismo; de que no puede dormir. Y también, cuánta gente hay por ahí que en realidad duerme más de lo que cree. Que levante la mano el que no ha tenido más de una pareja de cama, y más de dos, que te suelta por la mañana esa frase tan gloriosa de «no he pegado ojo en toda la noche», y entonces tú te quedas mirándola con cara de guasa y piensas: «amorcito, si hubieras escuchado tus hermosos ronquidos…». Porque sí, amigos míos, hay algunas señoras que roncan, y mucho. Ya sé que la leyenda urbana que corre por ahí dice que solo roncamos los hombres, pero cuando una mujer ronca, como dice la canción, «es que ronca de verdad». Y también se babean sobre la almohada, y te dan patadas mientras duermen (sí, durante ese tiempo en el que dicen que no pegan ojo). Aunque en honor a la veracidad tengo que decir que tanto los ronquidos femeninos, como las babas y las pataditas nocturnas de las damas suelen ser encantadoras. Ahora, eso sí, no trate usted de convencerlas de que estaban roncado a moco tendido. Jamás lo reconocerán y jurarán hasta el día glorioso del Juicio Final que no durmieron nada en absoluto, y encima nos echarán la culpa a nosotros de que si no han dormido es por nuestros famosos ronquidos o cualquier otra excusa por el estilo. En mi caso, tentado he estado más de una vez de grabarlas mientras duermen, pero uno, que a pesar de todo es un caballero, finalmente ha optado por el diplomático gesto de cerrar el pico y darles la razón. Como a los locos.

En este punto, me viene a la memoria una anécdota que contaba Dale Carnegie en uno de sus libros. Al parecer Herbert Spencer, uno de los grandes pensadores del siglo XIX, solía aburrir a todo el mundo hablando de su insomnio. Continuamente se lamentaba de que nunca podía dormir. Cierta noche, él y el profesor Sayce, de la Universidad de Oxford, tuvieron que compartir la misma habitación de un hotel (en camas separadas, no vayan a pensar que había «lío» entre ellos). A la mañana siguiente, como si de un mantra se tratara, Spencer le comentó a su compañero de habitación el consabido «no he dormido en toda la noche». Pero, en realidad, fue el pobre profesor Sayce el que no había podido pegar ojo; los ronquidos de Spencer le habían mantenido despierto toda la noche. Como dice el dicho, «así se escribe la Historia».

Y es que, a veces, pensar en el insomnio no nos deja dormir. ¿Me explico?

El túnel secreto de Icod y las «pirámides» de Güímar

In Pastor Díaz on 29/01/2012 at 5:38 pm

Hay que ver lo que le gusta a la gente la fantasía. Hoy voy a hablarles de dos cuentos de viejas: el túnel secreto de Icod y las «pirámides» de Güímar. Y es que en esta descreída Sociedad nuestra se cumple a rajatabla la aparente aporía que puso de manifiesto el gran Chesterton, aquello de que «desde que los hombres han dejado de creer en Dios, no es que no crean en nada, sino que se lo creen absolutamente todo». Y cuanto más visos de ser una chorrada sea, más se lo creerán, añado yo.

El primer cuento es el túnel secreto de Icod. La mayoría de mis paisanos icoderos conocen la historia de este túnel que supuestamente comunica a través del subsuelo de la ciudad los conventos de San Agustín y de San Francisco. Aseguran que existen, sin la menor duda, aunque nadie ha puesto los pies en su interior jamás, y nadie podría decir por dónde se puede entrar. Comentando este tema con mi buen amigo Juan Gómez, que en paz descanse, la persona que más sabía de historia de Icod, me decía que él jamás había visto el famoso túnel y que el rumor de su existencia podía tener su origen en la red de cuevas naturales que sí que existen efectivamente bajo el municipio de Icod, y cuyos exponentes más conocidos son los tubos volcánicos de la Cueva del Viento, y las cuevas de Don Gaspar y de San Marcos.

Con cierta malicia anticlerical, mis paisanos icoderos suelen regodearse afirmando gratuitamente que siglos atrás el pasadizo era utilizado por los frailes para consumar encuentros nocturnos y clandestinos con las monjas del otro convento. Incluso dicen que se veían luces espectrales por las noches o que conocen a alguien que conoce a alguien que a su vez conoce a alguien que ha descubierto fetos abandonados en el lugar, etcétera, etcétera.

Yo siempre he creído, inocente de mí, que es un poco difícil que ocurrieran esos «encuentros nocturnos» entre frailes y monjas, por la sencilla razón de que los dos conventos eran masculinos…

El segundo cuento es el de las «pirámides» de Güímar. Verán. Los majanos son estructuras piramidales escalonadas que los agricultores isleños levantaban en el pasado, formados por los pedruscos que recogían de las fincas para limpiarlas y habilitarlas para el cultivo. Han estado en el paisaje rural de la isla desde siempre, y en Güímar e Icod se levantan algunos ejemplares bastante espectaculares.

Les contaré, para que se descojonen de la risa un rato, que hace unos cuantos años un par de pirados empezaron a decir que los majanos, también conocidos como morras entre los agricultores, en realidad eran pirámides construidas por los guanches con técnicas que habían aprendido de los egipcios y que dichas construcciones demostraban de forma irrefutable que los aborígenes canarios eran el eslabón perdido entre la cultura egipciaca y la civilización inca amerindia. En fin, como era de esperar, el papanatismo dominante en el pueblo canario hizo que se popularizara la idea de las supuestas pirámides antiquísimas producto de una tecnología superior (¿superior a qué, por cierto?), e incluso algún alucinado relacionó el hecho con observaciones astronómicas y hasta con extraterrestres de color verde. En fin, no sigo para que no piensen que todos los canarios estamos mal de la chaveta. Solo añadiré que en Güímar se construyó un complejo turístico en torno a los majanos de Chacona para atraer a turistas despistados y vecinos bobos, que aunque ustedes no lo crean, pagan dinero contante y sonante por ver majaderías.

En fin, todo esto solo demuestra irrefutablemente un par de cositas: que los canarios no conocen su propia historia y que la televisión les ha reblandecido el seso lo suficientemente como para tomarse en serio lo de que los guanches y los marcianos de color verde tenían contactos, lo cual es estúpido, porque todas las personas inteligentes saben que los marcianos no son de color verde, sino rojo.

La lengua versátil

In Pastor Díaz on 20/01/2012 at 8:05 pm

No me sean guarros (ni guarras); no me refiero a eso que están pensando. Cuando hablo de lengua versátil me refiero a nuestra hermosa lengua española, la cual nos permite hacer virguerías con su vocabulario, sintaxis y morfología, si conocemos las reglas básicas de su uso, esas que la LOGSE ha desterrado de los colegios. A este respecto, no me digan que no es una maravilla, y hasta una sana costumbre, denominar de una forma «cheli» a las personas.

A un abogado se le llama letrado, en la convicción de que es una persona «de letras», conocedora de los intríngulis del idioma y los trapicheos varios del ordenamiento jurídico. Aunque como profesional del estrado que soy, puedo asegurar que conozco más de un abogado, y más de dos, que se merecerían tener tatuada en la frente la leyenda «iletrado», esto es, analfabeto funcional tanto en materia lingüística como jurídica. Por eso, soy más partidario de utilizar con estos bergantes el apelativo usual de «picapleitos».

A un médico se le califica de «matasanos». A un arquitecto, de «tiralíneas». O a un periodista, de «chupatintas». Sin duda, los profesionales somos diana predilecta de este tipo de nomenclatura. Como también ocurre con el gremio de los responsables de la seguridad pública. De este modo, a un guardia civil lo conoceremos coloquialmente como un «picoleto»; a un policía nacional, lo llamaremos (siempre a sus espaldas, naturalmente) «madero»; un policía local es un «guindilla»; y en los últimos tiempos, en Canarias, al calor de la moda autonómica, a la policía indígena la han bautizado «guanchancha», en una socarrona mezcla entre la ertzainza vascona y el recochineo canario. Que mis paisanos isleños tienen un peligro que ni pa´qué.

Tampoco se libran del bautismo otros colectivos. Así, un catalán es un «polaco», un francés es un «franchute», un inglés es un «guiri», un norteamericano es un «yanqui», un sudamericano es un «sudaca», un magrebí es un «moro» y un negro africano es, por birlibirloque del buenismo bienpensante (no vayan a creer por ahí que somos unos cochinos racistas, hasta ahí podíamos llegar) un «subsahariano» o bien, como escuché una vez en la radio, un «afroamericano de África». Manda huevos.

Aparte de lo anterior, hay formas de denominar algunas ocupaciones de lo más curiosas cuando los españoles nos ponemos a darle al caletre para llamarlas de cualquier manera menos como se denominan en verdad. A un poeta le diremos «vate», «lírico» o «rapsoda» si nos coge en un día fino. Pero si por casualidad no estamos para bromas, no diremos lo anterior, sino algo así como «ese-muerto-de-hambre», o en su defecto, «el coplillero del pueblo». Aunque el más versátil de todos es, sin duda, el político. Cuando hablamos de un político, la imaginación se dispara y podemos citarlo de formas infinitas. A modo de ejemplo he leído y escuchado que se les llama «chaqueteros», «demagogos», «vendidos», «trincabilletes», «apoltronados», «culiparlantes», «hijosdep…», bueno, en fin, ustedes pueden seguir la lista, si gustan.

Ahora bien, si hay un ámbito en el que la creatividad hispánica se desboca cuando de crear nombres alternativos se trata ese es el mundo del sexo. Y esto lo demostró con creces don Camilo José Cela en su divertidísima obra Diccionario secreto, cuya lectura recomiendo con énfasis. Un ejemplo: los miembros de una pareja discuten y ponen en duda recíprocamente la viabilidad sexual de su media naranja. ¿Creen ustedes que dirían algo así como «eres un impotente», «y tú una frígida»? No señores míos. En España se arrojarían más bien unas lindezas como las que siguen: «eres un pichafloja», «y tú un chochofrío». Y todos entenderíamos a qué se refieren.

En la parcela sicalíptica, a una prostituta se la denomina «fulana», «meretriz», «ramera», «señorita de compañía» o el muy castizo y popular «puta». A un hijo concebido fuera del matrimonio se le llamaba antaño «bastardo», con una evidente connotación denigratoria, y también «hijo de la risa», por aquello de la supuesta diversión que se obtenía en el ejercicio clandestino del adulterio (diversión para el que lo practicaba, apunto yo, porque el cónyuge que tenía que soportar la cornamenta normalmente no le veía la gracia por ningún lado). Estas denominaciones alternativas han ido desapareciendo en nuestros días por mor del cambio social que actualmente no hace distingos legales entre hijos nacidos dentro o fuera del matrimonio. Y luego está el homosexual, persona que siente atracción sexual por individuos de su mismo sexo, que en el pasado eran el «maricón» de toda la vida, en su vertiente masculina, y la «marimacho», en su faceta femenina. Por aquello de lo políticamente correcto y de que no piensen que somos unos cochinos fachas homófobos (algo similar a lo del «afroamericano de África» que ya conté) esas denominaciones de claras resonancias despectivas y humillantes han sido sustituidas respectivamente por
las más fashion de «gay» y «lesbiana».

En fin, amigos míos. El español (o «castellano», como prefieren denominarlo algunos nazionalistas por el prurito político de estar tocando las pelotas siempre que pueden) es una lengua versátil, y es lástima grande que esta riqueza inmensa que se atesora en su seno no sea más conocida y divulgada. Quede este artículo como un mísero tributo de agradecimiento a la lengua de Cervantes por las infinitas satisfacciones que nos ofrece con su sola existencia. Gracias, hermosa lengua.

Mi pueblo no tiene burdel

In Pastor Díaz on 07/01/2012 at 7:08 pm

Soy consciente de que el presente artículo puede levantar algunas ampollas entre los espíritus mojigatos y entre mis amigas, las feministas; pero como soy yo el que decide libremente lo que escribo, hoy voy a poner de manifiesto una carencia muy seria de mi pueblo: no tiene burdel. Sí, señores míos, no se lo creerán, pero para vergüenza de este villorrio, aquí no hay puticlub, casa de putas, lupanar, casa de lenocinio, sauna, antro de perdición y fornicio, prostíbulo, mancebía, casa de citas, local de alterne, casa de mala nota, mansión de la felicidad eterna, como ustedes quieran llamarla.

Ya sé que algunas mujeres que lean esto verán cimentadas sus erróneas ideas y tópicos prejuicios sobre los hombres, achacándonos el viejo y falso sambenito de que solo pensamos en una cosa, el sexo. No es cierto. Si tuvieran la dicha de asistir a alguna tertulia masculina comprobarían que dedicamos el 95 % del tiempo a disertar sobre poesía, alta política, filosofía y otros interesantísimos temas relacionados con el devenir existencial. Aunque sospecho que las féminas no me van a creer, pues sé lo difícil que resulta combatir ese tipo de leyendas urbanas antimasculinas que tan arraigadas están en las mentes femeninas, y que nos asimilan, más o menos, con el cruce entre un yeti y un cromañón. Qué le vamos a hacer; como dijo Su Majestad Don Felipe el Segundo: «no puedo luchar contra los elementos».

En fin, a lo que iba, que mi pueblo no tiene burdel. Y eso es lamentable en grado sumo. Algún malaleche estará pensando: «Ya tenemos Ayuntamiento, ¿para qué queremos otra casa de putas?». Pero no, señores, yo hablo de un lupanar de verdad, de los de antes, con todas las de la ley. No me digan que no sería bonito poder entrar en uno de esos lugares, con sus cortinitas rojas, sus luces de candilejas, su obesa madame retirada de la profesión, que les trata de don y les ofrece una copita de orujo mientras esperan a las niñas. Con su violinista al fondo tocando una lánguida romanza de cabaret. Qué bonito sería.

Pero desgraciadamente no lo hay. Y eso que siempre han gozado de gran prestigio y tradición en nuestra tierra. Durante el Siglo de Oro español, por ejemplo, los burdeles eran lugares de gran trasiego y se regulaban de forma pormenorizada en las ordenanzas municipales. Actualmente, en los puticlubs, entre copa y copa, se formalizan grandes negocios muy beneficiosos para la buena marcha de la economía en general, rematados con un merecido “final feliz”. Por su parte, la bohemia de todos los tiempos ha frecuentado de manera asidua estos benditos lugares, y estoy convencido de que grandes obras de la literatura y del arte no existirían sin los burdeles. Que se lo digan, si no, a Toulouse-Lautrec, Hemingway o a ese gran putañero que fue don Camilo José Cela.

Y ello sin hablar de otros beneficios muy recomendables para la Sociedad. Como psicólogas, las putas no tienen precio (bueno, en realidad sí lo tienen, pero escuchar las penas de los clientes ya va incluido en la tarifa profesional). Si tiene usted algún problema y quiere desahogarse hablando con alguien, una señora de la vida alegre le escuchará mejor que cualquier cura, psicólogo u otro espécimen por el estilo. Garantizado. Y además, lo repito, con “final feliz”, que también tiene su importancia.

¿Y que mejor lugar que un burdel para que padres e hijos refuercen los sagrados lazos paternofiliales? ¿Qué mejor forma de celebrar la mayoría de edad de un hijo que acompañarlo a visitar por primera vez a la Chelo, especialista en iniciar a los jóvenes en el maravilloso mundo de los placeres carnales? ¿Qué mejor manera de celebrar una despedida de soltero o el nacimiento del primer hijo, y hasta del segundo o el tercero, si tan alegre circunstancia se produjera, que acudiendo al burdel de la esquina? Sí, señores, la labor social de una buena casa de putas es innegable.

Pero como ya dije al principio, algunos espíritus mojigatos se escandalizarán de lo que aquí digo, y hasta me acusarán inquisitorialmente de ser un inmoral, un sicalíptico sin remedio o incluso un pérfido explotador sexual masculino (curiosamente en esas estúpidas críticas coinciden la derecha tradicionalista y la izquierda gazmoña y feminazi). Mas yo les digo, bien alto, que no hay que sacar las cosas de quicio. El puterío es una ocupación muy respetable, la más antigua del mundo, según dicen, y si la antigüedad es un grado, como afirma el dicho, una puta está por encima de todo el mundo.

Así que lo dicho, es una vergüenza que mi pueblo no tenga burdel, y por ello, aquí y ahora reivindicó que se abra con la mayor celeridad posible un establecimiento de este tipo. Porque todos convendrán conmigo en que podemos carecer de hospital, de centros educativos en condiciones o de vías de comunicación dignas de este nombre, pero de lo que no podemos prescindir es de un burdel. Eso sí que no.

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