Si ustedes son aficionados a la buena literatura, sin duda habrán oído hablar del realismo mágico hispanoamericano y sus universos fantásticos; del Macondo, de García Márquez, o la Comala, de Juan Rulfo. Bien. Si no han leído a estos autores, no sé a qué están esperando; desconecten ya la dichosa Internet, busquen sus libros y léanlos, rediez. Pero sí ya los han leído, quizá les interese saber que en el Norte profundo de la isla de Tenerife, conocida antaño como Isla del Infierno, a los pies de un majestuoso volcán semidormido, se esconde una de esas regiones míticas. Su nombre es Ycode y yo vivo allí.
En efecto, amigos míos, Ycode es un lugar de quimera, salido de la imaginación de mi anciana y ya fallecida abuela. Hace muchos años, cuando yo aún era un infante crédulo de poblada cabellera azabache, la buena señora me relataba en noches frías y tenebrosas algunas historias que poblaron para siempre los rincones de mi imaginario particular.
Recuerdo sus consejas sobre la erupción del volcán Chinyero, allá por el año del Señor de 1909. En los días previos al estampido, se sintieron muchos temblores, y según publicaban las gacetas de la época, algunos pusilánimes dormían con la ropa puesta para el caso de que la prevista erupción aconteciera en mitad de la noche. Pretendían que si esto sucedía, pudieran huir con los calzones puestos, que no hay nada más indigno que abandonar precipitadamente el hogar en trance nocturno y con el culo al aire.
El caso es que cuando el volcán dijo «hasta aquí hemos llegado» y lanzó su flamígera ventosidad, las gentes de Ycode huyeron despavoridas del pueblo, abandonando sus pertenencias y buscando refugio en una zona conocida como La Costa. Pero no todo el mundo actuó así. Había tres hermanas, ya mayores, en la zona de El Mayorazgo, conocidas como las viejas Luises, que decidieron quedarse en el lugar. «Aquí hemos nacido y aquí moriremos, si Dios lo quiere», dijeron a quienes trataron de convencerlas de que abandonaran su terruño. Cuando pasó el peligro, los vecinos regresaron a sus lares y allí encontraron a las tres viejas Luises, haciendo su vida de siempre, como si no hubiera pasado nada. Y es que efectivamente, no pasó nada.
Tampoco le faltó tiempo a mi abuelita para contarme algún chisme picante del lugar. Así, me habló de don Tomás de la Vega, alias «Terremoto», que ejerció de cacique local de Ycode a finales del siglo XIX y principios del XX. Era secretario del Ayuntamiento, miembro destacado del partido leonino que mangoneaba en las islas por aquella época, y al parecer, sin su gesto mayestático, en Ycode no se movía una pajita. Como elemento típico e imprescindible de la figura de todo cacique que se precie, me contaba mi yaya que tenía una querida que era más puta que las gallinas. Según cuentan, una conjunción de políticos locales, hartos de no poder entremeterse a su gusto, lograron desencastillarlo hacia 1909. Como suele suceder en estas situaciones, las cosas no mejoraron para la plebe. Sospecho que fue un simple «quítate-tú-pa´-ponerme-yo».
En fin, buena era mi abuela contando historias. Y verídicas, ¿eh? Los viajeros que se aventuren por el oscuro Norte tinerfeño hasta Ycode, podrán contemplar con sus propios ojos un paraíso vegetal que aún permanece virgen: La Furnia. Es un bosque que se levanta en la ladera del Lomo de la Vega y constituye uno de los pocos ejemplos de laurisilva (la vegetación propia del Terciario) que se conserva en Tenerife. Por influjo de mi añorada antepasada, hubo un tiempo lejano en que estuve convencido de la existencia de un caserío fantasma en el interior de La Furnia. Alguna vez, a caballo entre la vigilia y la incipiente duermevela, escuché la música de sus fiestas patronales. Lo imaginaba como un barrio chiquito, con una pila central en una plazuela y pocas casas a su alrededor, escondido entre el follaje, como un Sangri-La local. Nadie me ha dado nunca razón de este lugar inexistente, pero yo sé que es real.
Podría seguir contándoles más historias, pero por desgracia este artículo empieza a ser excesivamente largo y sería imperdonable que les aburriera. Sin embargo, no quiero terminar sin referirles un cuento jocoso que me regaló mi abuela, y que me encantaba escuchar una y otra vez. Se trata de la fabulación de cho Antonio Alián, un descreído arriero que no creía en las brujas. Mientras sus vecinos, con buen juicio, evitaban encontrarse con estas turbadoras señoras, cho Antonio Alián no dejaba de burlarse de ellas siempre que tenía ocasión, afirmando, muy sobrado él, que no tenía miedo de las novias de la oscuridad. Pero una noche que se acercó a la fuente del Bebedero, situada junto a un barranco, las brujas decidieron darle un buen escarmiento. Cuando el arriero abrevaba en el lugar a sus mulas, se le aparecieron de repente, lo tomaron en volandas y lo lanzaron al otro lado del barranco, donde un segundo grupo de brujas lo recogió para volver a lanzarlo a la orilla opuesta. Cada vez que lo lanzaban de un lado a otro del barranco, las brujas cantaban: «Cho Antonio Alián no tiene miedo, / tómalo allá, que yo no lo quiero». Y así estuvieron toda la noche. Cuando por fin lo dejaron en el suelo, completamente magullado, salió de allí cagando leches; al pobre desgraciado no le llegaban las patas al pandero en su loca huida de aquel lugar. Según me decía mi abuela, cho Antonio Alián no volvió a decir ni pío de estas señoras.
¡Qué tiempos aquellos! Desde que apareció la condenada luz eléctrica no se han vuelto a ver brujas en Ycode. ¿Por qué será?