El mundo desde Icod

Relatos

UN CUENTO DE NAVIDAD (ESQUELETOS SURREALISTAS PARA EMETERIO SURREALISTA) | PASTOR DÍAZ

En aquel jardín de flores y pájaros extraños, Popelia era la criatura más extraña de todas.

***

El poeta clandestino acudió al banquete de Navidad punteando las cuerdas de un violín. Allí lo encontré, escondido entre dos señoras tremendamente grandes, que lo apretaban sin compasión, al mismo tiempo que saboreaban unas humeantes tazas de chocolate y unos pastelillos de hojaldre, sin azúcar. Me guiñó el ojo derecho, que tenía hinchado, y de sus manos brotó un chorro de flores de todos los colores, como si se tratara de un surtidor mecánico de gasolina. Comprendí que me daba la bienvenida, pero eludí acercarme a él para que no se sintiera incómodo con mi presencia.

Miré al resto de la concurrencia en aquella fiesta improvisada, ajena, agobiante, esperada. En un rincón oscuro, el poeta Emeterio recitaba sin parar versos extraños que nadie entendía. El pobre hombre lloraba sangre por su pipa, pero nadie reparaba en ello y dejaban que se desangrara solo. No quise presenciar el desenlace y también lo abandoné.

Los pífanos comenzaron a sonar incordios. Yo corrí hacia una escalera de caracol para  refugiarme de una lluvia de confetis asesinos que se clavaron en los cráneos desnudos de una legión de jarecrisnas. Sus cadáveres repulsivos y naranjas florecieron entre el gentío que bailaba a ritmo de foxtrot. Los pisoteaban. Los orinaban. Los vomitaban, aquella pandilla de borrachos navideños.

Quise buscar a Popelia. Subí a la planta segunda, repleta de bailarines nauseabundos que reptaban histriónicos, y me senté en un taburete cúbico de lunares rojos que bailaban en una borrachera de oculistas y odontólogos con batas blancas, verdes y amarillentas. El poeta clandestino, providente, se aproximó hasta donde yo estaba, y quedé atónito cuando me entregó el violín. Luego, giró sobre sus talones y saltó hacia el profundo precipicio que se abría en el suelo, detrás de los sofás parlantes. Miré abajo, en el primer piso, y allí lo vi sentado, de nuevo, entre los dos enormes maniquíes opresivos y pintarrajeados. Me hizo una señal para que procediera. Tomé el estradivarius y soñé que le arrancaba unas notas suaves (concierto sinfónico de sombras asincopadas) como el sonido que produce un perro negro, con ligeros matices azulados en el pelaje, al devorar un trozo de carne cruda. Miré a Popelia con ojos de cordero degollado, convirtiéndome, de hecho, en un cordero degollado.

 

 

 

JENNY | FRANCISCO LEÓN

Jenny apareció por Las Vargas ―un costas polvorienta que he soñado mil veces― a principios de los años treinta, cuando ambos teníamos unos ocho o nueve años. Se presentó en compañía de sus padres y abuelos, y permanecieron en el chalet de Las Palmeras hasta que terminó aquel verano.

Como Jenny y su familia eran alemanes, se pasaban todo el día tumbados al sol, iluminados por el azul fosfórico de la piscina, bebiendo y susurrándose en un idioma clandestino y diabólico mensajes oscuros. No me parecían en absoluto gente de este mundo. Ni a mí ni a los del pueblo, pero los tolerábamos mientras no se metieran en nuestros asuntos.

Mi padre trabajaba en las fincas que rodeaban la casa y, eso creo, les cuidaba los jardines.

Los alemanes me permitían merodear por los alrededores la casa para que echara una mano en las tareas, pero al cabo de algún tiempo, cuando Jenny creció y le dio por pasearse a lo largo de la piscina y el jardín con las tetas al aire, mi presencia allí no estaba bien vista. Al final su abuela dio instrucciones para que se deshicieran de mí.

No me importó mucho, porque durante los veranos siguientes la acechaba desde el enrejado, creo que con su consentimiento. De pronto recuerdo que los ficus que mi padre había sembrado comenzaron a envolver la casa y la hicieron desaparecer bajo montañas de hojas y ramajes. Después fui al instituto, fumé a escondidas y tuve sueños voluptuosos en los que Jenny era la protagonista indiscutible.

Durante años, el chalet de los alemanes y la propia Jenny se convirtieron en un misterio. Sobre todo porque en la guerra europea, la casa era visitada por otros alemanes, hombres silenciosos, sádicos y bellamente vestidos que, por algún motivo misterioso, dispusieron maniquíes en la piscina, en los balcones y en el jardín.

Cuando le contaba a mis amigos de la Universidad que estaba enamorado de una extranjera que vivía en una casona allá en Las Vargas, rodeada de ficus y jardines y habitada por maniquíes y alemanes, y una extranjera a la que jamás le había dirigido un sola palabra, se reían de mí y me daban por un caso perdido.

―¿Y cómo se llama esa preciosidad?

―Jenny ―respondía yo―, y tiene unas tetas preciosas.

Uno de aquellos veranos Jenny se sentó a la mesa de un restaurante en el Tifón, un restaurante en el que atendía las mesas a cambio de unos duros. La acompañaba un joven alemán al que no había visto antes. Jenny lo besó en la boca, y los abuelos saludaron la ocurrencia de su nieta. Otro verano Jenny tomó la carta del restaurante y pidió tortilla francesa para sus dos hijas. Yo la vigilaba desde la barra, con una cerveza en la mano. Ya no era camarero, sino escritor o periodista o tal vez pintor.

Después me hice viejo. Me dieron un premio y me retiré en Las Vargas. Pero continuaba siendo un niño. Como Jenny, anciana y muchacha durante tantos años. Por las noches acudía al herrumbroso enrejado para escuchar sus risas a otro lado de los ficus y sentarme a fumar. Estoy seguro de que Jenny veía la brasa de mi cigarrillo a través de los ramajes.

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