El mundo desde Icod

Ucronía

In Pastor Díaz on 04/04/2013 at 4:13 pm

¿Y eso qué es? Se preguntarán algunos. Muy sencillo, una ucronía, según la definición del Diccionario de la Lengua Española es una “reconstrucción lógica, aplicada a la historia, dando por supuesto acontecimientos no sucedidos, pero que habrían podido suceder”. En definitiva, que es algo que pudo suceder pero no sucedió.

Sentado lo anterior, les voy a contar un pequeño secreto. Ya sé que me van a tomar por un chiflado de esos que se dedican a decir disparates por las esquinas, pero lo cierto es que yo soy lo que podríamos llamar “un viajero por las realidades alternativas de la Historia”, esto es, un señor que se dedica a visitar épocas históricas que no han existido, existen, ni existirán en nuestra línea temporal; pero que son muy reales en su correspondiente realidad.

Sí, sí. Borren esa sonrisa irónica de su cara, que les voy a contar lo que vi en uno de mis viajes ucrónicos.

Supongo que todos sabrán que la Guerra de Sucesión española de 1700-1714 fue ganada por Felipe de Borbón y perdida por el Archiduque Carlos de Austria. Pero en el viaje de que les hablo visité una realidad alternativa en la que la Guerra de Sucesión española fue perdida por los Borbones y ganada por el Archiduque de Austria con el apoyo decisivo de los ejércitos catalanes. A consecuencia de ello, la capital de España se trasladó de Madrid a Barcelona. Esto provocó un auge de la economía y la cultura catalana en detrimento de la hasta entonces hegemónica Castilla. En menos de un siglo, la dinastía austriaca, por razones de conveniencia política, impuso el catalán como idioma de todo el reino español, que como ustedes supondrán pasó a llamarse Espanya, estableció la senyera como bandera nacional e implantó como moneda común la pessete, popularizándose la expresión «la pela es la pela, nen».

A comienzos del siglo XIX, las tropas napoleónicas ocuparon el país, excepto Cádiz, donde se reunieron unas Cortes Constituyentes que aprobaron la primera Constitució Espanyola, nacida el día de sant Josep, por lo que fue popularmente conocida como “el Pep”. Expulsados los invasores franceses, siguió un convulso periodo de más de sesenta años en que se produjeron tres guerras civiles entre las tropas liberales con base en Catalunya y los ejércitos absolutistas, que se asentaban en la Castilla profunda y atrasada. Y también hubo una I República que duró menos tiempo que un caramelo a la puerta de un colegio.

Tras la pérdida de las últimas colonias en América a finales del XIX, el país se sumió en un periodo de decadencia y apatía que desembocó en la caída de la monarquía austriaca y el establecimiento de la II República Espanyola. Se inició un profundo cambio en la estructura del Estado y la Sociedad de la época, por el que Castilla logró una autonomía respecto al centralismo de Barcelona. Sin embargo, los militares, descontentos con el peligro de disgregación de Espanya por parte de los separatistas castellanos, promovieron un golpe de Estado, encabezado por el general Francesc Franc i Bahamonde, que provocó una guerra civil durísima de tres años. Terminada la guerra con la victoria de las fuerzas de Franc, se impuso un régimen autoritario afín al nazismo alemán, que centralizó el país en Barcelona, articuló un férreo sistema represivo y prohibió el uso del castellano, favoreciendo el catalán. El lema del régimen era «Espanya, una, gran i lliure».

En 1975 murió el general Franc y se restauró la Monarquía austriaca con el advenimiento al trono de Joan Carles I, aprobándose la Constitució Espanyola de 1978. Castilla recuperó su autonomía y volvió a restaurar el uso del castellano. Los nacionalistas castellanos, liderados por el honorable Aznar, presidente de la Generalidad Castellana, promovieron la recuperación de las señas de identidad nacionales de Castilla con la reivindicación de los escritores de la tierra que hasta entonces habían permanecido semiolvidados por la historia, como Cervantes, Quevedo, Lope de Vega o Calderón de la Barca. También organizaron las Olimpiadas del 92 de Madrid, con gran éxito, todo hay que decirlo.

Con el tiempo estos nacionalistas se fueron radicalizando. Empezaron multando con miles de pessetes a quien se atreviera a rotular en catalán los letreros de los comercios castellanos. Luego se negaron a izar la senyera en los edificios públicos de Castilla. Y finalmente llegaron al extremo increíble de negar a sus niños el derecho a estudiar en catalán en las escuelas, alegando que el castellano era una lengua muy débil y necesitaba protección frente a la hegemonía y prepotencia catalana. Los espanyols de Barcelona, muy enfadados con esa actitud provocadora de los castellanos, promovieron varios boicots a los productos de Castilla, dejando de comprar el anís de Chinchón y otros productos típicos de las tierras mesetarias.

Lo último que supe antes de abandonar aquella dimensión alternativa fue que los nacionalistas castellanos de Aznar planeaban convocar un referéndum soberanista para conseguir la independencia de Castilla alegando que «Espanya y Barcelona nos roba».

No sé ustedes, pero a mí este viaje me dejó el cuerpo raro- raro, por aquello de que cada uno cuenta la historia como le va. ¿No les parece? Y el que no se lo quiera creer que reviente. Sobre todo si es nacionalista.

Mujeres celosas

In Pastor Díaz on 15/03/2013 at 11:32 pm

Hace poco leí acerca de las mujeres más celosas del mundo: las mujeres florentinas. Al parecer, estas señoras tenían un método infalible para garantizar que sus maridos no las engañaran. Por la mañana les hacían tomar un veneno y por la noche, cuando regresaban al hogar, dulce hogar, les daban el antídoto. Si alguno no volvía a tiempo porque una pelandusca lo tenía atrapado entre sus piernas, pueden ustedes apostar a que el fulano lo iba a pasar muy mal.

Si hay algo peligroso y patético en esta vida es una mujer celosa. No lo duden. Aunque si he de ser sincero (y siempre lo soy), yo no he tenido muchos problemas a este respecto. Entre otras razones porque nunca le he prometido a una mujer más de lo que estaba dispuesto a ofrecerle. Así que todas mis ocasionales parejas han sabido desde el principio que yo era un tipo encantador y de fiar, pero también independiente en grado sumo, amigo de la soledad y poco proclive a los compromisos. Y además, siempre he sido prudentemente fiel. Pues aunque no lo parezca por mis comentarios, creo firmemente que la fidelidad es importante en una relación. El que no quiera ser fiel y prefiera ir de picaflor por la vida, lo mejor que puede hacer es no meterse en camisa de once varas (quiero decir, en relaciones afectivas prolongadas) y santas pascuas, que en el monte hay mucho orégano.

Sin embargo, conozco algo el asunto porque tengo algunos amigos («amigotes» dirían las señoras) con esposas y novias suspicaces en exceso, y que las pasan auténticamente putas, los pobrecitos, con el tema de los celajes femeniles.

El asunto es tan feo que alguno de esos amigos no puede dormir tranquilo por las noches. ¿Y eso? Se preguntarán los amables lectores. Verán; ¿recuerdan la película El Padrino, de Coppola? Hay una escena magistral en la que un mafiosete de tres al cuarto quiso pasarse de listo con el padrinnetto, y al despertar un día en su cama se encontró con la desagradable sorpresa de tener una cabeza de caballo durmiendo a su lado. Pues bien, mis amigos, los pobrecitos, pasan las noches sobrecogidos por el temor de que sus parejas tengan un arrebato similar al que sufrió hace años una señora de Yankilandia, llamada Lorena Bobbit, que no tuvo otra idea que cortarle los atributos a su marido con unas tijeras por unos celos sin fundamento. Y así, a semejanza de la escena cinematográfica que he descrito, mis amigos temen despertar un día y encontrarse a su vera no una cabeza de caballo, sino la cabeza que tienen escondida entre las piernas y a la cual se sienten muy apegados. Porque una mujer celosa es capaz de eso y de mucho más. A la desgraciada de Lorena Bobbit me remito.

«Algo habrán hecho para despertar la desconfianza de sus santas y pacientes esposas y novias», comentará algún alma cándida. «Nada justificado», les contesto yo con la misma seguridad con la que puedo afirmar que dos y dos son cuatro. ¿Saben ustedes porque se encelan esas señoras? Por banalidades. Porque mis amigos son unos tipos educados y saludan con una sonrisa amable a la vecinita del tercero que sale a recoger la leche todos los días cubierta únicamente con un tanga y una ajustada camisita azul celeste. Porque casualmente mis amigos tienen un ataque de tortícolis que les obliga a girar la cabeza para relajar los músculos del cuello en el preciso momento en que también casualmente pasa a su lado una joven señorita de trasero prieto y pechos turgentes. Porque mis amigos, por no hacer un feo a sus compañeras de trabajo, aceptan acompañarlas a tomar un café o una copa después del horario de oficinas, cuando realmente lo que les gustaría es estar con su mujer, enfundada en su batín y tocada con sus rulos, repasando las facturas del mes. Sí, señores míos. Por tonterías como esas es por lo que mis amigos viven tan acojonaditos temiendo que un día sus señoras acaben por desbarrar completamente y corten por lo sano su relación (y lo que ya les mencioné más arriba).

Y ahora díganme ustedes si mis amigos no son unos mártires que habría que canonizar y que sus señoras, las muy florentinas, son unas exageradas.

El rey de los elefantes

In Pastor Díaz on 21/02/2013 at 5:10 pm

No me refiero a Tarzán, no. Me refiero al Rey de verdad, al nuestro, al de las Españas. Como recordarán los amables lectores, hace un tiempo don Juan Carlos, el Primero, tuvo la mala pata (se rompió la ídem) de verse envuelto en una polémica a cuenta de haberle descerrajado cuatro tiros a un pobre paquidermo, allá por tierras africanas. Muchos vieron la famosa foto en la que aparecía el monarca al lado de un fulano con rifle, y un elefante al fondo con la trompa empotrada en un árbol. De pronto, cundió una especie de histeria general y las gentes de este país se convirtieron en masa en ecologistas convencidos, clamando por la terrible felonía que suponía haber matado a un indefenso animalito (lo de animalito es un decir, porque el bicho pesaba varias toneladas). Unos decían que el Rey era un sanguinario verdugo; otros que habría que hacerle pasar por el paredón; y luego estaban los típicos resabiados que no dejan escapar ninguna tesitura para solicitar por enésima vez propinarle al monarca una buena patada en sus reales posaderas y expulsarlo del país, para convertirlo en una república superstar (que dada la calidad de sus políticos, en mi opinión acabaría siendo una república bananera, o más concretamente, una república de chichinabo).

Lejos de mi intención justificar la acción del señor rey; faltaría más. Pero después de analizar durante tres segundo y medio las razones alegadas por los críticos, me asaltó la extraña sensación de que tras dichas diatribas en realidad se escondía la hipocresía, el rencor y la mendacidad. Ustedes me perdonarán, pero tengo mis dudas acerca de la calidad ecologista de mis paisanos españoles. Y si no, pueden darse una vuelta por cualquiera de los descuidados parajes naturales de este desgraciado país, o preguntar directamente a los animales que tal se lo pasan en las granjas, en los zoológicos, en las plazas taurinas o junto a las familias que les abandonan en el arcén de una carretera a la menor oportunidad.

En cualquier caso, hay que reconocer que lo del Borbón es una especie de deja vù. De todos es conocida su afición al gatillo fácil. ¿Recuerdan otra polémica anterior relacionada con la muerte en una cacería en Rusia de un oso proletario que respondía al nombre de Mitrofán, y al que previamente habían emborrachado para que no se moviera demasiado y que el majestuoso señor no tuviera tantos problemas para acertarle en todo el lomo? También se rasgaron las vestiduras mis paisanos en aquella ocasión. ¿Y qué? ¿Alguien se acuerda ya del pobre oso?

Y es que tenemos el Rey que nos merecemos porque los españoles somos su viva imagen. Ya Berlanga, con su fino olfato, nos caló en toda regla. Qué acertado retrato hizo de este país en su magnífica película La escopeta nacional, donde los concurrentes a una cacería ejercían de sí mismos, es decir, de españoles. De españoles de todos los tiempos. Porque hasta el mismo Franco, el anterior Jefe de Estado, era aficionado a la caza. Le organizaban unas cacerías de postín donde se reunía la crema de la sociedad de la época para hacer de las suyas. Respecto a este asunto circula la anécdota apócrifa de que uno de los participantes en aquellas batidas franquistas, llamado Fraga Iribarne, a la sazón ministro de Información y Turismo de la Dictadura, poco acostumbrado al uso de las armas de fuego, por accidente le pegó un tiro en el culo a la hija de Franco a la que confundió con un venado, lo que le valió el exilio a Londres en calidad de embajador. Allí el mencionado Fraga se convirtió a la Democracia, propiciando que acabara por ser uno de los padres de la Constitución española. Como se dice vulgarmente, a Franco le salió el tiro por la culata con su manía de exiliar a la gente.

Más recientemente, hace un par de años, vio la luz pública la foto de una montería en la que aparecía un ministro de Justicia del PSOE, un tal Bermejo, rodeado de varias docenas de ciervos, junto con el juez superchachiguay Baltasar Garzón. Allí aparecían los dos, más bonitos que un sanluis, posando como dos chuloplayas, en medio del sangriento lodazal que formaban los restos de aquellos pobres animales. Claro que como se trataba del juez megaguay, nadie puso el grito en el cielo, ni se pidieron dimisiones. Y es que, como decía mi abuela, aún hay clases.

En fin, para terminar, ya que estamos estos días a vueltas con el tema de la renuncia del Papa de Roma, voy a contarles un chiste de cazadores celestiales. Dicen que estaban san José y san Pedro de cacería y en esto que pasa por delante de ellos una paloma. San José levanta la escopeta y le mete un perdigonazo del siete al pájaro entre ceja y ceja. San Pedro se echa las manos a la cabeza y grita histérico: “¿Pero qué has hecho, desgraciado? ¡Te has cargado al Espíritu Santo!”. San José esboza una media sonrisa y le dice: “Hay putadas que no se olvidan”.